La política es un torbellino en todas partes. Así son las reglas de la democracia, especialmente cuando la oposición despierta, y derrota o amenaza la permanencia de quienes están en el poder.
El 17 de enero, los chilenos eligieron a Sebastián Piñera como su nuevo presidente. Por primera vez, en 52 años, un partido conservador ganaba las elecciones. Es tentador enfocar su victoria como la de la derecha frente a la izquierda; un mal augurio para la izquierda latinoamericana. Sin embargo, lo que su elección representa es el curso normal de la democracia: más tarde o más temprano, los partidos en el poder pierden las elecciones.
En el ámbito doméstico, es poco probable que Piñera se desvíe demasiado de las políticas sociales de Michelle Bachelet. En el internacional, tomará un rumbo diferente. La petición de Bolivia de obtener un acceso con soberanía al océano Pacífico no será tenida en cuenta. Tampoco mostrará Piñera mucha indulgencia con Hugo Chávez y sus aliados. El presidente de Colombia, Álvaro Uribe, tendrá por fin un amigo en América del Sur, aunque esperamos que, a su vez, el propio Uribe tenga el buen sentido de evitar la reelección.
Piñera tiene claramente la misión de realizar ajustes. El centroderecha y el centroizquierda son las áreas cómodas para la democracia. No obstante, el presidente electo tiene que vigilar el ala derecha de la Coalición por el Cambio, integrada en gran medida por pinochetistas irredentos.
El presidente electo ha estado negociando acuerdos y la creación de un gabinete políticamente integrador, lo que ha hecho fruncir el ceño a los pinochetistas. Esto no importa porque, sin mayoría parlamentaria, la coalición tiene que acomodarse y llegar a acuerdos.
Después de dos décadas en el poder, el centroizquierda de la Concertación está ahora en la oposición. Los democristianos podrían seguir su propio camino, en especial si Piñera los corteja, como ya está haciendo.
Las reglas electorales de Chile, sin embargo, refuerzan un sistema basado en dos alianzas. Lo que es aún más importante: la Concertación debería fijarse en ARENA, en El Salvador, que se ha dividido, y en Mauricio Funes, del FMLN, que por el momento ha mantenido a raya a la izquierda más recalcitrante.
El miércoles pasado, Porfirio Pepe Lobo asumió la presidencia de Honduras. Después de su toma de posesión, acudió a la Embajada de Brasil (junto a Leonel Fernández, mandatario de República Dominicana, y Álvaro Colom, de Guatemala) para escoltar al aeropuerto a Manuel Zelaya. El ex presidente viajó desde allí a República Dominicana en el avión de Fernández.
De este modo, la crisis hondureña, que comenzó con las maquinaciones de Zelaya por cambiar la Constitución para reeligerse y se agudizó por el golpe de Estado del 28 de junio, llegó a su fin. Afortunadamente, el congreso de Honduras aprobó una amnistía para todas las partes implicadas.
El pasado mes de noviembre, Lobo obtuvo una victoria aplastante (56 por ciento frente al 38 por ciento de su rival liberal), con el mayor número de votos emitidos (2.3 millones) en toda la historia de Honduras. Aunque la participación electoral fue más o menos la misma que en el 2005 (50 por ciento), Lobo acuñó una victoria rotunda y clara, algo que Zelaya no logró en su momento (ganó por un 50 por ciento frente a un 46 de Lobo en 2005).
Por su parte, Estados Unidos, Canadá, varios países europeos y algunos gobiernos latinoamericanos enviaron representantes a la toma de posesión de Lobo. Poco a poco, el mundo irá reconociendo la legitimidad de su elección. Todo lo que Lobo tiene que hacer, ahora, es gobernar de modo que la prolongada crisis de Honduras —pobreza, discriminación, falta de transparencia, escasez de oportunidades para la mayoría de los ciudadanos, inseguridad generalizada— no le explote entre las manos.
Un poco más al sur, en Venezuela, la revolución bolivariana está en apuros. Como en 2007, la razón es el canal RCTV. Entonces, Chávez lo relegó a la emisión por cable; ahora lo ha prohibido completamente. En ambas ocasiones, los estudiantes se echaron a las calles. Ahora, sin embargo, Chávez también se enfrenta a problemas internos: la dimisión de tres ministros, una economía terriblemente mal gestionada y una red de corrupción oficial que no deja de extenderse. No sorprende que dos tercios de sus compatriotas quieran que deje el poder, como muy tarde, en 2012.
Al igual que Fidel Castro, Chávez ve la presidencia como un derecho personal suyo, y amenaza a los manifestantes con una represión sin cortapisas. Dos estudiantes ya han perdido la vida y muchos han resultado heridos. La oposición se siente con confianza ante las elecciones legislativas de diciembre. Si se hiciese patente que el oficialismo las perdería, o que sus oponentes podrían contar con una minoría fuerte, Chávez es capaz de cualquier cosa. La política es asunto de dar y tomar, sólo que el Comandante Hugo lo toma todo.
¿Qué decir de Haití? Para los que vivimos en Miami, los haitianos son nuestros vecinos, amigos y compañeros de trabajo, de modo que la tragedia nos toca de cerca. Ante las imágenes de los edificios gubernamentales en ruinas, incluyendo el Palacio Presidencial y el Parlamento, uno se dice: Haití ha pasado de un Estado fallido a no ser un Estado.
La élite haitiana tiene una última oportunidad de hacer bien las cosas. Con la ayuda internacional, quizá podría conseguirlo. Pero no hay que olvidar el ejemplo de Hamid Karzai, en Afganistán, que ha hecho caso omiso a toda recomendación.
En 2010, Brasil, Costa Rica y Colombia celebrarán elecciones presidenciales, y además hay una gran cantidad de elecciones legislativas. El torbellino de la política nos mantendrá entretenidos u ocupados.