Los diarios españoles El País y ABC publicaron este jueves sendos editoriales criticando al régimen castrista y exigiendo la liberación inmediata de todos los presos políticos.
En un editorial titulado “Cuba, cuenta atrás”, El País, dijo que el gobierno cubano “no puede seguir aferrándose a la mentira de que no existen presos políticos en la isla para hacer frente a la situación ante la que lo ha colocado la huelga de hambre de Guillermo Fariñas, secundada por otros dos opositores”.
“Las Damas de Blanco no son mercenarias de nadie, según han repetido machaconamente los medios del castrismo, sino madres y esposas de cubanos encarcelados injustamente por la dictadura. Como tampoco son agentes del imperialismo los disidentes que reclaman algo tan elemental como el reconocimiento de las libertades y derechos civiles básicos. Y, entre ellos, artistas hasta ahora fieles al régimen”, indicó El País
Por su parte el editorial de ABC titulado “La imposible normalidad con Cuba” señaló que para el gobierno español ha llegado el momento de renunciar” a proseguir por su cuenta una normalización de las relaciones de España con una dictadura agonizante, tal como ha dicho reiteradamente el ministro Miguel Ángel Moratinos que era su intención”.
“A la dictadura cubana no se le puede reprochar ninguna falta de coherencia. Los Castro no han engañado nunca a nadie sobre sus verdaderas intenciones de hacer todo lo posible para mantener la integridad del régimen a todos los efectos. Hay que estar cegado por una candidez irresponsable o, en su defecto, por las simpatías hacia una revolución fracasada, para seguir esperando que se produzca el menor indicio de apertura democrática real desde el interior del castrismo”, afirmó ABC.
El Gobierno cubano no puede seguir aferrándose a la mentira de que no existen presos políticos en la isla para hacer frente a la situación ante la que lo ha colocado la huelga de hambre de Guillermo Fariñas, secundada por otros dos opositores. La frustración de las tímidas esperanzas de reforma apuntadas por Raúl Castro está abriendo paso a una creciente contestación al régimen, contra la que nada valen ya las descalificaciones y las coartadas reiteradas durante medio siglo.
Las Damas de Blanco no son mercenarias de nadie, según han repetido machaconamente los medios del castrismo, sino madres y esposas de cubanos encarcelados injustamente por la dictadura. Como tampoco son agentes del imperialismo los disidentes que reclaman algo tan elemental como el reconocimiento de las libertades y derechos civiles básicos. Y, entre ellos, artistas hasta ahora fieles al régimen.
La estrategia del castrismo de aguardar hasta que escampe fracasó en el caso de Orlando Zapata y resultará insostenible si la huelga de Fariñas o los otros disidentes termina en tragedia. Tarde o temprano, el Gobierno cubano tendrá que poner en libertad a los presos políticos y, por tanto, mejor que lo haga cuanto antes. No sólo porque no existe justificación alguna para mantener encarcelados a quienes no se puede acusar de otra cosa que de disentir pacíficamente de una dictadura, sino también porque el tiempo juega contra el Gobierno cubano, al mismo ritmo que contra la vida de los huelguistas.
La iniciativa del Gobierno español de acoger a Fariñas responde a una intención humanitaria que es condición necesaria para evitar la tragedia. La condición suficiente demandaría, además, redoblar la exigencia al régimen cubano para que libere de inmediato a los presos políticos, mucho más cuando España ejerce la presidencia de turno de la Unión Europea. Sean cuales sean las razones por las que se ha suspendido la reunión entre los Veintisiete y Cuba prevista para el próximo 6 de abril, el régimen castrista tiene que saber que la crisis política que atraviesa no se resuelve evitando los foros internacionales que le pueden resultar incómodos.
La retórica del enemigo exterior es una reminiscencia del pasado que no se corresponde con la realidad de los hechos, puesto que la oposición a la dictadura procede del interior. De los mismos cubanos a los que el castrismo prometió el paraíso.
LA suspensión de la reunión política entre Cuba y la Unión Europea, que debería haberse celebrado bajo presidencia española, es una consecuencia lógica de la grave situación que ha desencadenado la muerte del disidente Orlando Zapata y la sucesión de huelgas de hambre que otros opositores están llevando a cabo en defensa de los derechos humanos. El Gobierno cubano está visiblemente molesto con la UE y con los grupos que apoyaron la durísima moción del Parlamento Europeo -incluyendo al PSOE- condenando la represión de los demócratas. Y, por parte europea, no se habría entendido que el ministro español de Asuntos Exteriores se sentase en Madrid como si tal cosa a hablar con el representante de la dictadura cubana, mientras hay personas que están jugándose la vida en La Habana para defender las libertades más elementales.
Extraoficialmente al menos, hace tiempo que el Gobierno socialista ha renunciado a su idea de forzar el cambio de la posición común de la UE hacia Cuba porque la mayoría de socios comunitarios no le apoyaría. Ha llegado el momento en que es necesario que lo reconozca públicamente y que renuncie también a proseguir por su cuenta una normalización de las relaciones de España con una dictadura agonizante, tal como ha dicho reiteradamente el ministro Miguel Ángel Moratinos que era su intención.
A la dictadura cubana no se le puede reprochar ninguna falta de coherencia. Los Castro no han engañado nunca a nadie sobre sus verdaderas intenciones de hacer todo lo posible para mantener la integridad del régimen a todos los efectos. Hay que estar cegado por una candidez irresponsable o, en su defecto, por las simpatías hacia una revolución fracasada, para seguir esperando que se produzca el menor indicio de apertura democrática real desde el interior del castrismo. Los síntomas de cambio que algunos creyeron ver en la política de Barack Obama no han sido tales, y todos los elementos en los que se basó el ignominioso abandono de la defensa de los disidentes pacíficos han resultado ser un espejismo de mal gusto. Tal vez a Guillermo Fariñas no le de tiempo a asitir, si el régimen se empeña en dejarlo morir también, pero el próximo 12 de octubre la Embajada de España en La Habana debería volver a invitar con todos los honores a los luchadores cubanos por la libertad, que son a quienes un país democrático debería apoyar. Entre los carceleros y los demócratas, un país decente no puede dudar.