Clara Pérez lleva al hospital a su esposo, Guillermo Fariñas, en shock tras 16 dÃas de huelga de hambre. Santa Clara, 11 de marzo de 2010. (EFE)
Por Rafael Rojas, México DF
Si admitimos que no es ético alentar a alguien a realizar una huelga de hambre, porque implica la inducción a una muerte, deberÃamos admitir también que quien arriesga pacÃficamente su vida por una demanda concreta está utilizando un recurso persuasivo, no punitivo. La interpretación del ayuno como “chantaje” o “imposición” sólo es concebible en regÃmenes no democráticos, que desconocen el protocolo de la negociación con opositores.
Es el caso del gobierno cubano. El 23 de febrero Orlando Zapata Tamayo murió tras una huelga de hambre de 86 dÃas en la cárcel. A la mañana siguiente, otro opositor cubano, Guillermo Fariñas, inició un nuevo ayuno que, en dieciséis dÃas, le provocó dos colapsos y dos hospitalizaciones en la clÃnica provincial de Santa Clara. Al momento de escribir este artÃculo, es imposible predecir el desenlace de la huelga de Fariñas, pero sà podemos evaluar el comportamiento del gobierno cubano ante ambas acciones polÃticas.
Dos artÃculos aparecidos en Granma, Para quién la muerte es útil, de Enrique Ubieta, y Cuba no acepta presiones ni chantajes, de Alberto Núñez Betancourt, trasmiten con nitidez la racionalidad del poder. Ambos definen a Zapata y a Fariñas como delincuentes —el sociólogo argentino Atilio Borón (Página 12, 1/3/10) hizo su contribución desempolvando la teorÃa estalinista del “lumpen proletariado” como base social de la “contrarrevolución”— con el propósito de justificar el no reconocimiento de Zapata como preso polÃtico y de Fariñas como opositor pacÃfico.
Sin embargo, ni Ubieta, ni Núñez, ni Borón pueden prescindir de los calificativos de “contrarrevolucionarios” y “mercenarios”, términos con que la retórica oficial designa a los disidentes. De manera que, en buena lógica, si Zapata y Fariñas son “contrarrevolucionarios” y “mercenarios” entonces no son delincuentes o lumpens sino activistas de la ampliación de los derechos civiles y polÃticos en Cuba. El primero, desde su celda; el segundo, desde su casa. Es decir, sin “daños a terceros”, como establecerÃa cualquier Estado de derecho.
La trayectoria de esos disidentes es conocida y perfectamente documentable a partir del propio expediente oficial, donde consta que ambos fueron procesados de acuerdo con la Ley 88 de 1999, plataforma jurÃdica de la represión de opositores en Cuba. Pero aún en caso de que esa disidencia no fuese documentable, las huelgas de hambre con que ambos arriesgaron sus vidas sólo pueden ser definidas como acciones polÃticas pacÃficas. En la reacción oficial ante las mismas se condensa el totalitarismo cubano.
Granma asegura que el gobierno no puede alimentar por la fuerza a los huelguistas y que sólo le resta actuar cuando llegan desahuciados al hospital. Ese razonamiento es correcto, en parte, y corresponde al acuerdo tercero de la Declaración de Malta (1991), suscrita por la Asociación Médica Mundial, para el tratamiento de huelgas de hambre en cautiverio o en libertad. Pero los restantes veinte acuerdos de la misma Declaración no se cumplieron en Cuba en la asistencia médica penitenciaria de Zapata ni en la asistencia de salud pública a Fariñas, ya que ambos fueron tratados como enemigos, no como ciudadanos con plenos derechos.
La Declaración de Malta recomienda la generación de “confianza” entre los huelguistas y las instituciones médicas y polÃticas. Las autoridades de la Isla hacen justo lo contrario: atizan la desconfianza.
El mismo gobierno que niega a los opositores toda autonomÃa —presentándolos histéricamente como ventrÃlocuos del “imperio”— decide respetar la voluntad del disidente cuando éste pone en riesgo su vida. En ese momento sà son personas, aunque la mera expresión de un deseo de cambio polÃtico los convierta, a los ojos del poder, en vulgares marionetas del “imperio”. De manera que, para ajustarse al formato establecido por la comunidad médica mundial en la relación de gobiernos con huelguistas de hambre, el régimen cubano tendrÃa, primero, que democratizarse. Algo que, como sabemos, no está en los planes.
Todos los gobiernos que se han enfrentado a huelgas de hambre —Londres frente a Gandhi o los republicanos irlandeses; Washington frente a César Chávez; ParÃs frente a los campesinos de Larzac; el dictador Hugo Banzer frente a las madres de los mineros bolivianos— alimentaran o no, por la fuerza, a los huelguistas, fueran estos pacÃficos o violentos, nunca descartaron por principio la negociación, palabra maldita en la jerga fidelista.
Lo que distingue el comportamiento del gobierno de Fidel y Raúl Castro es la ausencia de normas básicas para la negociación con opositores. Estos, según el régimen, son agentes del “imperio”, por lo que si de negociar se trata, mejor hacerlo con el imperio mismo, realizando, de paso, la fantasÃa totalitaria de un gobierno sin opositores.
Luego de la criminalización y la deslegitimación del opositor —en eso el socialismo recoge el legado de la CapitanÃa General y de las dictaduras de Gerardo Machado y Fulgencio Batista— al gobierno cubano le queda un último recurso para justificar la represión: el inventario de abusos que se cometen —o se han cometido— en todas las cárceles del mundo, desde Abu Ghraib, Bagram y Guantánamo hasta los centros de detención de inmigrantes en Europa. Si el inventario se agota, entonces se puede echar mano de las demandas que el gobierno cubano le hace todos los dÃas a Estados Unidos, no en la mesa de negociaciones, sino en su “campaña mediática”: fin del “bloqueo”, liberación de los “cinco héroes”, cierre de Guantánamo.
Claro que es cierto que en todos los paÃses del mundo, incluyendo Estados Unidos, se violan los derechos humanos. Pero justificar los males de una nación con los males del planeta sólo tiene un nombre: impunidad. La doctrina de la impunidad ha sido siempre la misma, en dictaduras de derecha o izquierda, en guerra o en democracia, en el terrorismo o en el narcotráfico: tratar al opositor como enemigo, despojarlo de toda humanidad y transferir la responsabilidad del Estado a una amenaza externa.