A la memoria de Jesús Díaz
Al de Los años duros y al de Encuentro
La república llega a su primer centenario sin lograr el desarrollo, la democracia y la prosperidad que prometieron sus gobernantes desde 1902. Por el contrario, ésta enfrenta una crisis multifacética económica y sociopolítica, tal vez la mayor de la historia nacional, cuya gravedad permite catalogarla como de transformación, es decir, que requiere para su solución del cambio del socialismo de Estado por otro modelo de sociedad.
Sin embargo, el liderazgo gubernamental en su optimismo sin límites cuando se refiere a la defensa de la legitimidad de sus acciones y al encubrimiento de sus errores, hace una lectura triunfalista de los resultados del Período Especial, insistiendo en que el único medio para preservar la nación es el unipartidismo y el estatismo oficial, y a pesar de las dificultades internas y del paso del mundo a la etapa poscomunista, sigue aferrado a la idea de que en el campo político conviene más eliminar al contrario por medios represivos que tolerarlo.
Lamentablemente, la política de confrontación no es un atributo sólo del gobierno. En la política cubana persiste el contrapunteo tradicional entre las políticas radicales y moderadas conocidas en el pasado que se sitúa otra vez en el núcleo del enfrentamiento entre el gobierno, la oposición y Estados Unidos. La lucha desgastante entre las líneas duras de esas fuerzas opuestas, es una de las causas de la situación de inmovilismo que impide solucionar la crisis nacional. El problema principal radica en que, si bien no se han creado las condiciones para el colapso del régimen ni para su derrocamiento por parte de la oposición, éste no puede evitar la reproducción perpetua de la crisis y, a la par, fracasa en sus esfuerzos por destruir y aislar a la oposición pacífica interna que pese a sus limitaciones acumula virtudes y se consolida.
En este contexto de confrontación, la reconciliación nacional es inevitable para resolver la crisis. La reconciliación nacional se manifiesta en la actualidad en dos planos principales: como una estrategia de la oposición moderada-reformista para alcanzar la democracia de manera gradual y pacífica; y como parte de una emergente cultura democrática de la ciudadanía, que en la posguerra fría y luego del derrumbe del socialismo de Europa del Este recurre paulatinamente a la idea del uso de la tolerancia, la negociación, los pactos y los acuerdos como valores posibles para promover los cambios políticos y sociales.
Para la oposición moderada integrada por liberales, socialdemócratas, la democracia cristiana, neomarxistas, poscomunistas, sindicalistas, luchadores por los derechos humanos, etc, la reconciliación nacional no se reduce al reencuentro entre los cubanos de adentro y los de afuera, sino que también incluye a la soberanía popular que da al pueblo la única fuente de gobierno y de legitimidad del poder. Desde este punto de vista, no podremos hablar de una verdadera república e incluso de una auténtica ciudadanía en Cuba, hasta que el pueblo obtenga el derecho a elegir a sus gobernantes en elecciones libres, pluralistas y competitivas. El hecho de que la democracia política no garantiza la democracia sustantiva, no significa que ambas sean excluyentes o que se vaya a omitir el valor de la primera.
Aunque las transiciones más recientes a la democracia en América Latina, Europa del Sur y del Este ocurrieron siguiendo modos diferentes como la imposición, el pacto, la reforma, la revolución y ciertas situaciones mixtas y que ninguno de esos escenarios pueden descartarse en las condiciones cubanas, resulta obvio que sería deseable que la democratización ocurra en Cuba mediante la transición pactada. Para los que defienden la estrategia del cambio pacífico es vital tener en cuenta que el inicio de la transición a la democracia no estuvo determinada en la mayoría de aquellas experiencias, por la existencia previa de una cultura democrática de la ciudadanía, sino por condiciones contingentes donde sobresalen las estrategias de acción de los actores políticos y sociales, el rol de las personalidades y los líderes y las particularidades locales e históricas. Con este enfoque de la actividad política, el inicio de la reconciliación nacional y de la democratización en el caso cubano, estará más cerca si los sujetos principales de los cambios, en el gobierno y en la oposición, deciden trabajar en sentido favorable a ellas al mismo tiempo que abandonan la confrontación violenta y la intolerancia.
En las condiciones actuales de crisis del socialismo de Estado y de incertidumbre con respecto a la orientación de los futuros cambios, la realización del referéndum aparece como la vía más expedita para la reconciliación nacional, proceso al que se opone por el momento el liderazgo gubernamental, pero que es cada vez más aceptado por la oposición. Las propuestas opositoras que demandan el referéndum para iniciar la democratización proponen, en algunos casos, utilizar con carácter provisional la Constitución de 1940 como referente jurídico, hasta que sea posible establecer una Constituyente para elaborar la nueva Constitución; pero otras fuerzas de la oposición, como el Proyecto Varela, ven factible hacerlo con la misma Constitución de 1976 y de acuerdo a los marcos legales vigentes. Aunque el escenario negociado (con o sin referéndum) es rechazado por las autoridades cubanas, no hay que olvidar que muchos regímenes autoritarios también lo negaron y finalmente lo asumieron por diferentes causas.
A estas alturas de los acontecimientos, se evidencia que el régimen cubano por mucho que trata de imponer la sucesión del poder sin abandonar la concepción de la democracia sustantiva del socialismo “real” y el unipartidismo, no alcanza con ese método la solución de la crisis ni la de la división que desintegra la nación. Esto demuestra que, en realidad, para arribar a esas soluciones hay que encontrar la fórmula que aproxime más a la diversidad de sujetos políticos y sociales en el interior y en el exilio, por medio de un pacto político de consenso nacional. Ésa debe ser la iniciativa óptima para abrir pacíficamente las puertas a nuestra IV República, antecedida por la de 1902, fruto de las luchas mambisas y mediatizada por la intervención estadounidense y la Enmienda Platt; por la de 1940, formada en torno a la Constitución de ese año y que se frustró con el Golpe Militar del 10 de marzo de 1952; y por la socialista de inspiración soviética luego de 1959.
No hay posibilidad alguna de reconstruir la nación y elevarla a un sitio destacado en el mundo -asunto fracasado en el siglo XX- para lo cual contamos con recursos humanos suficientes y muchas ventajas en cuanto al clima, la situación geográfica, los recursos naturales, etc, por medio de la autocracia, la militarización de la sociedad y de la economía, con las cárceles repletas de opositores, con el 20 % de la población exiliada y excluida de participar en la vida nacional, sin una inserción plena del país a la economía mundial y a la comunidad internacional, y sin dar solución a través de la negociación al conflicto con EE.UU. Para alcanzar ese objetivo será decisiva la fuerza que debe darnos la reconciliación nacional, la institucionalización de la democracia y el dominio por parte de nuestros líderes de las ideas más avanzadas del desarrollo humano.
A los cubanos se nos fue el siglo XX con incontables frustraciones, donde no faltaron las intervenciones de EE.UU, los golpes de Estado, las escaramuzas interpartidistas y de grupos, las dictaduras, el populismo, la corrupción y las guerras civiles, ni tampoco la revolución marxista, caracterizada por la ineficiencia económica, la autocracia política, y la dependencia con la Unión Soviética, en contraste, con las políticas sociales benéficas. Solamente Fulgencio Batista y Fidel Castro se adueñaron del poder durante más de 60 años, desde 1933 hasta la actualidad, y de ellos, 43 años por el último, quien todavía cree contar con el derecho para continuar gobernando con carácter vitalicio. Tal concentración, apropiación prolongada indebida y personificación del poder, parece increíble que hayan sucedido en nuestra patria, pero esos hechos, forman parte de los peores males políticos que han impedido establecer la institucionalidad democrática en ella.
Ya no estamos en 1902 ni en 1959 y no somos la nación joven de antaño. Contamos con una vasta experiencia sociopolítica que debemos utilizar para construir el futuro dejando a un lado los personalismos e intereses sectarios. Cuba es unos de los pocos países que ha experimentado tanto con las formas capitalistas como socialistas de organización social y conocemos directamente los defectos y virtudes de ambas. Sobre la base de esa experiencia debemos trabajar con sabiduría y crear un clima de paz apropiado, para dejarle a las próximas generaciones un país mejor. Por estas razones, la reconciliación nacional es una tarea impostergable para lograr la hasta hoy inalcanzada república democrática. No hay que dar crédito a la farsa dicotomía planteada por el régimen de que de no aceptar su modelo de sociedad desaparecerá la nación.
La nueva república tendrá que edificarse por un camino opuesto al gubernamental, en base a la democracia política,la equidad económica y social, el Estado de Derecho, la autonomía de la sociedad civil como contrapeso del Estado y de los partidos políticos, la economía social de mercado, una concepción adecuada del desarrollo económico sostenible, la propiedad mixta de los medios de producción, y la capacidad para la negociación de los conflictos internacionales que con frecuencia, como sabemos, enfrentan las naciones pequeñas mucho más en el presente período de globalización conservadora.