El año comienza con una decepción

p52-53[ Editorial de Consenso, el periódico global de los cubanos #52-53, del 10 y 17 de enero de 2009, desde La Habana ]

El año comienza con una decepción. Se necesitaba, para los más optimistas, el discurso de Raúl Castro en Santiago de Cuba, en los 50 años del proceso político abierto en 1959, para confirmar lo que los escépticos siempre habían expresado desde el principio. No hay opciones de cambio real bajo el actual gobierno, que más o menos es el mismo, excepción del recambio, para ocultarlos, de los rostros más jóvenes del poder. La noticia es mala porque confirma el divorcio voluntario de la sociedad desde el gobierno. Cuando hace dos años el presidente actual de Cuba dijo aquello de “reformas estructurales y conceptuales” estaba indicando una conexión con la sociedad real y una voluntad política de transformaciones de acuerdo con esa realidad social. La marcha atrás indica que las autoridades se desentienden del conocimiento evidente para mantener por más tiempo el poder posible. La enajenación consciente puede ser un contrasentido desde el punto de vista de la psicología, pero es un hecho político que muchos gobiernos practican cuando su voluntad de poder es mayor que su capacidad para darle un rumbo cierto a las demandas acumuladas. Por ahí empieza la incapacidad estratégica de cualquier autoridad frente a los desafíos presentes: identifican las opciones con su presencia y no con los enfoques abiertos y de sentido común para darle solución a los problemas.

Está claro por ejemplo que solo una reforma radical en la agricultura puede abrir soluciones para los problemas de la alimentación y las necesidades agrarias del país. Desde el momento en que el gobierno se cierra ante las evidencias globales y prefiere seguir poniendo los destinos económicos de la nación en manos de los extranjeros, debería resultar evidente que sus únicas opciones de poder se relacionan con deprimir la posibilidad real de que Cuba se convierta en el granero de Cuba. Esto es decepcionante porque estamos hablando de un gobierno patrimonialista: que une poder político, económico y posibilidades de decisión en torno a un grupo cerrado alrededor de nueve o diez familias. ¿Qué explica semejante actitud? Parece relucir un temor alimentado por el conocimiento de la profundidad de la crisis. Es como aquel cirujano que abre el cuerpo para operar y se da cuenta de que está minado por el cáncer. Frente a ese cuadro manda a coser el organismo porque percibe que ya nada se puede hacer para salvarlo. Una ilusión desde luego, porque hay técnicas para curar el cuerpo. Solo que estas pertenecen al siglo XXI, no al siglo XX. Y ahí empieza nuestro problema para el 2009: la solución de Cuba es el problema de su gobierno. Y la cuestión se complica porque la estructura del modelo está por debajo de la inteligencia media de los cubanos. Una cuestión que tiene que ver más con el desfase cultural de la elite. La voz de los ciudadanos es la única herramienta del futuro.

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