[ Editorial de Consenso, el periódico global de los cubanos #54-55, de diciembre de 2009, desde La Habana ]
Por segunda vez hablamos del asunto. La violencia nos sigue ganando la partida. De todo tipo: intrafamiliar, entre jóvenes, entre amigos y entre pandillas. Ni hablar de la violencia de género. Aquà nada habrÃa que agregar excepto que casi estamos a la altura de México o de España; dos paÃses que destacan por las golpizas que los hombres propinan a las mujeres. Análisis freudianos mediante, algo imprescindible para explicar la violencia por complejo, el caso es que la única diferencia visible con estas sociedades tiene que ver con la información. Como en otros tantos ámbitos, las estadÃsticas sobre la violencia siguen siendo secreto de Estado, por el que cualquier cientÃfico social puede ser, después de expulsado, juzgado por revelar secretos concernientes al gobierno.
Pero el secreto no disminuye la violencia, más bien la estimula porque toma por sorpresa a sus vÃctimas. Un joven que rompe una vidriera de un comercio para no golpear a su novia; un padre que golpea en pleno rostro a su hijo de tres años por una travesura normal en los fiñes; un par de gamberros que juran pinchar (cortar) a un chofer de ómnibus en su última vuelta para dejarlo bien tendido en su propio asiento hasta el próximo dÃa; dos amigos que se saludan con gestos de violencia y una plena sonrisa en sus caras, como sÃmbolo de reafirmación de un machismo tipo alfa que nos ambienta la sociedad; sin contar la violencia revolucionaria prometida contra quienes osen alzar su propia voz en público.
Y esto no es nada ante la nueva cualidad que alcanza la violencia social. Resulta que las violencias rituales se abren paso entre nosotros.
Ya no estamos solo frente a aquella de tipo redistributivo que intenta apropiarse de los bienes ajenos, a cualquier precio, para satisfacer necesidades de naturaleza compuesta. Ahora la violencia se ejerce al estilo de las mafias sicilianas, la triada china o vietnamita o la simple brutalidad de los mafiosos rumanos o rusos. En una zona sur de la ciudad un hombre es dejado muerto, sin que les hayan robado sus pertenencias, dentro de un auto destinado a un rito más feliz: su matrimonio. En otro lugar, un cuerpo mutilado es hallado con un grueso fajo de billetes colgado a su rostro como seña de que la avaricia se detiene frente al honor. Más allá, y los videos transportados en memorias flash no nos dejaran mentir, los cuerpos ripiados de dos hombres y una mujer, en pleno ejercicio de la psicopatÃa al servicio de los más horrendos crÃmenes. Sin contar el nuevo fenómeno de las violencias legitimadas por la religión.
Realmente preocupante. ¿Y qué hace el Estado? Pues bien. Seguir pensando que el modelo hacienda-bodega-policÃa puede garantizar, hoy por hoy, la reproducción de una forma de convivencia social superada por nuestras necesidades y nuestras propias violencias.
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